Andrés Meza-Escallón

Andrés Meza-Escallón

 

Ingeniero de Sistemas y Computación de la Pontificia Universidad Javeriana, MA en Comunicación de la Universidad Autónoma de Occidente y autor del estudio “Lineamientos para la transición de CIER a Centro de Investigación en Innovación Educativa mediada por TIC”

Cuando yo era niño las preguntas de los exámenes venían manuscritas en color lila y olían fuertemente a alcohol. No era una alucinación multisensorial, sino el producto de un dispositivo de finales del siglo XIX llamado mimeógrafo. Esa era la más avanzada tecnología educativa disponible en ese momento, pero fue rápidamente desplazada por las fotocopias, luego los retroproyectores, los proyectores de acetatos, los video proyectores y PowerPoint. Ahora basta con publicar las preguntas en un Moodle o Google Docs para cumplir el mismo objetivo.

¿Qué podemos concluir de estos ejemplos? Primero, que ya había Tecnologías de Información y Comunicación (TIC) décadas antes de los computadores personales digitales. Podemos remontarnos incluso más lejos si consideramos desde las pinturas rupestres de los cavernarios o la escritura cuneiforme de los Sumerios.  Segundo, que estas tecnologías se usaron como componentes intercambiables en un proceso que fue esencialmente el mismo durante décadas: el profesor escribe las preguntas una vez, las reproduce y las distribuye. Sin cambios en el proceso, la introducción de estas tecnologías en el aula a duras penas puede catalogarse dentro de uno de los niveles más incipientes de innovación educativa. Concretamente en el modelo SAMR de innovación educativa mediada por TIC, dicha experiencia no pasaría de los niveles de Sustitución o Aumento. Para llegar a los niveles superiores de este modelo, como Modificación o Redefinición, se requiere de un rediseño significativo de las tareas involucradas en el proceso e incluso la creación de otras nuevas que serían imposibles sin el uso de tecnología.

En ese sentido, para mí el gran pionero de la innovación educativa mediada por TIC no sería algún investigador del MIT sino el filósofo griego Platón. Fue discípulo de Sócrates, quien defendió que la Filosofía es algo vivo que se practica discutiendo cara a cara, confrontando las ideas con evidencia empírica. Lamentablemente, este enfoque llevó a que Sócrates no escribiera (hasta donde sabemos) nada y sus ideas se hubieran perdido de no ser porque Platón tuvo la genial idea de redactar y publicar recuentos detallados de los días alrededor del juicio donde su maestro fue condenado a muerte. La gran innovación de Platón estuvo en que aplicó una TIC, el libro, para presentar en forma de diálogos una especie de simulación de Sócrates. En estas obras no solo se puede acceder al contenido de sus ideas sino que el lector también se expone a su ingenioso método para llegar a la verdad, rompiendo las barreras de tiempo y espacio para quienes no asistimos al juicio de Sócrates ni pudimos debatir con él.

Evidentemente, se podría argumentar que las Tecnologías digitales interactivas de las que hablamos hoy son fundamentalmente diferentes de las TIC que las precedieron, pero ese es un tema para otra ocasión. Lo verdaderamente importante es que tengamos en mente cómo transformar los procesos de enseñanza y aprendizaje en beneficio de los involucrados (estudiantes, maestros, padres y administradores académicos) independientemente de la tecnología que se use. Así que no debería extrañarnos si se da algún contexto donde un maestro o maestra innovadores diseñan experiencias de aprendizaje tan innovadoras que involucren el regreso triunfal del mimeógrafo. Así que no debería extrañarnos si se da algún contexto donde un maestro o maestra innovadores diseñan experiencias de aprendizaje tan innovadoras que involucren el regreso triunfal del mimeógrafo.

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